Estás cumpliendo la meta… pero tu equipo se está desangrando
En el artículo anterior abordé un problema incómodo, pero muy común en las organizaciones comerciales: procesos de reclutamiento deficientes que terminan generando malas contrataciones, bajo desempeño y, como consecuencia directa, alta rotación. Vendedores que nunca despegan, supervisores frustrados y cuotas que empiezan a temblar antes de mitad de mes.
Hoy quiero avanzar un paso más y hablar del otro gran responsable de este deterioro silencioso. Uno que, en mi experiencia, suele ser todavía más costoso y mucho menos trabajado en serio: el liderazgo comercial.
Porque si el reclutamiento explica una parte importante de la rotación en ventas, la evidencia —y sobre todo la realidad del día a día— muestran que el liderazgo explica el 60% o más. Aun así, sigue siendo uno de los temas que menos tiempo, foco y presupuesto real reciben dentro de las compañías.
Durante años, cuando una empresa enfrenta problemas de rotación en su fuerza comercial, el relato suele repetirse casi sin variaciones: el mercado está más duro, la presión es alta, la gente ya no aguanta, en ventas siempre fue así. Son explicaciones cómodas, externas, tranquilizadoras.
La realidad es bastante menos indulgente.
En la práctica, la rotación comercial responde casi siempre a dos causas estructurales muy concretas: cómo se contrata y cómo se lidera. El problema no es que las empresas no sepan esto. El problema es que, frente a la presión del número, suelen elegir el camino corto: corregir el resultado, pero no el sistema que lo produce.
Aquí aparece el gran espejismo del cumplimiento. Imaginemos dos equipos dentro de la misma empresa, con el mismo producto, la misma meta y el mismo mercado. Ambos llegan al 100% de la cuota. Ambos celebran. Ambos aparecen en verde en el comité comercial.
En la superficie, no hay diferencias.
Pero cuando uno se detiene a mirar debajo del tablero, la historia cambia por completo. Porque solo uno de esos equipos está creando valor real y sostenible. El otro está operando lo que yo llamo una operación caníbal: cumple el número, pero se va comiendo la rentabilidad, la energía y el futuro del negocio por dentro.
Cuando analizas con detenimiento a un equipo con alta rotación, descubres algo revelador: no es realmente un equipo de diez personas. En la práctica, suele tratarse de un pequeño núcleo de alto desempeño —dos vendedores que concentran la mayor parte de la facturación— sosteniendo una estructura inestable y desgastada.
El resto del equipo apenas sobrevive. Algunos no terminan de adaptarse, otros nunca alcanzan productividad plena y uno o dos puestos están en rotación constante, entrando y saliendo sin llegar a generar valor real. El número final tapa el problema. Pero la estructura está rota.
Uno de los errores más caros que cometen las organizaciones es tratar la rotación como un simple gasto administrativo. Algo inevitable, casi natural. “Así es ventas”. Esa mirada es profundamente peligrosa.
La rotación no es un problema de RR.HH.
Es un problema financiero.
Según estándares de la industria, reemplazar a un vendedor cuesta entre el 50% y el 75% de su salario anual, considerando reclutamiento, inducción, errores comerciales, pérdida de productividad y —el factor más subestimado— el tiempo del supervisor dedicado a reemplazar en lugar de desarrollar.
Cuando llevamos este dato al terreno, la diferencia entre un equipo con rotación sana y uno con rotación crónica es brutal.
Un equipo con rotación baja, cercana al 5% anual, tiene un costo de reemplazo controlado. El gasto en reclutamiento es puntual, el ramp-up se recupera y el conocimiento se acumula. El líder puede dedicar su energía a entrenar, dar feedback y construir capacidades. Es un nivel de rotación sano y financieramente absorbible.
Ahora miremos el equipo con rotación del 30 o 35%.
En este escenario, el costo de reclutamiento puede ser fácilmente cinco veces mayor que el de un equipo estable. No porque se contrate mejor, sino porque se contrata mucho más. Se repite el proceso una y otra vez. Y cuando se suman sueldos improductivos, inducciones permanentes, errores comerciales y tiempo gerencial desperdiciado, el gasto operativo total puede duplicar al de un equipo con rotación sana, aun cuando ambos “cumplan” la meta.
Este es el punto clave:
el costo no está solo en contratar.
Está en sostener un sistema que expulsa personas.
Por eso, aunque en el papel el equipo cumpla la cuota, en la realidad está perdiendo entre un 15% y un 25% de su productividad efectiva. El resultado es contundente: a igual facturación, un equipo con alta rotación puede ser entre 30% y 40% menos rentable que uno estable. No por el mercado. No por el producto. Por liderazgo.
En este contexto aparece otro costo silencioso que rara vez se mide: el costo del tiempo del líder. En equipos con liderazgo débil, el supervisor deja de ser un desarrollador de personas para convertirse en un “reemplazador” constante. Pasa más tiempo entrevistando, despidiendo y apagando incendios que entrenando, dando feedback o construyendo capacidades.
La empresa cree que está pagando a un líder comercial. En la práctica, está pagando a un reclutador de emergencia con salario de gerente. El costo de oportunidad de ese tiempo perdido es enorme y casi nunca aparece en el P&L.
Todo esto explica por qué sostengo algo que suele incomodar en comités y directorios: no hay iniciativa comercial con mayor ROI que contratar bien y desarrollar liderazgo.
Las palancas clásicas del performance —más incentivos, capacitaciones puntuales, ajustes de pricing, más leads— generan mejoras incrementales y, en muchos casos, de corto plazo. No son malas iniciativas. El problema es creer que son suficientes.
Cuando una empresa mejora la calidad de sus contrataciones y desarrolla líderes capaces de sostener equipos, el impacto es mucho más profundo. Se reduce la rotación, se acelera el ramp-up, se protege al pareto, se mejora el margen sin tocar la cuota y se baja el riesgo operativo. No es un beneficio puntual. Es interés compuesto aplicado al negocio.
La diferencia es simple: las palancas clásicas empujan resultados desde afuera. El liderazgo arregla el sistema que produce resultados.
Además, los equipos construidos sobre alta rotación son frágiles por definición. Cuando el 80% de la venta depende de dos personas, basta con que una se queme, se vaya o se enferme para que la facturación caiga abruptamente en cuestión de semanas. Lo que parecía un equipo rentable puede convertirse rápidamente en una pérdida operativa.
Y aquí viene el punto más incómodo de todos.
Todo este análisis parte de un supuesto que, paradójicamente, es optimista: un equipo que cumple la meta. Cumple el número, cierra el mes y pone el tablero en verde.
Ahora imagina exactamente este mismo sistema —la misma rotación, el mismo liderazgo débil, la misma fragilidad estructural— en un equipo que no cumple la cuota.
Lo que hoy es erosión silenciosa se vuelve pérdida visible.
Lo que hoy se disimula con el número se transforma en crisis.
Y lo que hoy parece un problema de ventas se revela como lo que siempre fue: un problema de liderazgo y de sistema.
Mi tesis es simple y directa: las empresas que contratan bien y desarrollan liderazgo tienen gran parte de la batalla ganada. No porque eliminen la rotación —eso no existe—, sino porque reducen el desperdicio financiero, estabilizan la estructura y hacen que el crecimiento sea sostenible.
Cumplir la meta no es sinónimo de buen liderazgo.
Y mucho menos de buena gestión.
El verdadero indicador no es el 100% del cierre, sino cuánto valor queda después de pagar el costo humano de lograrlo.
Si quieres dejar de gestionar números y empezar a construir equipos sostenibles, este es exactamente el tipo de liderazgo que trabajamos en Sales Telent latam